Miedos

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Cuando era pequeña, estaba consciente de aquello a lo que más temía: la oscuridad. A menudo solía llorar cuando llegaba la hora de apagar las luces y casi siempre tenía pesadillas al dormir. Me costaba demasiado estar tranquila si no había alguna luz encendida y mi mente revoloteaba en figuras tenebrosas en cada rincón de la habitación.

Al pasar el tiempo, noté algunos otros miedos, probablemente los más comunes, aunque jamás temí a las alturas o a la adrenalina. Poco a poco el temor a la oscuridad desapareció, pero se me volvió costumbre dormir con alguna lámpara prendida. Cada miedo deja huella y cada manera de afrontarlo se convierte en una lección.

Poco a poco descubrí que cada miedo podía superarse o en el mínimo caso, evitarse. Si temía a la oscuridad, bastaba con no apagar las luces; si temía a los regaños, bastaba con no portarme mal; pero si temía al paso del tiempo, ¿qué podía hacer?

Y fue precisamente ese el que se convirtió en el mayor de mis miedos: El paso del tiempo. Me llenó de temor saber que no había manera de frenarlo y que indudablemente me asechaba en cada momento del día. Me aterraba la idea de darme cuenta de cada cosa y persona que cambiaba y moría en sus manos.

Pero lo que más me asustaba de todo eso, era el hecho de imaginarme despertando un día, dándome cuenta de que ya no habría forma de volver, de componer, de intentar; que todo habría acabado y no aproveché las oportunidades que la vida me brindaba. Sé que es un escenario por demás trágico y no ha todos les gusta reparar en ese tipo de detalles, pero finalmente decidí darme cuenta de que, si bien no era algo contra lo que pudiera, debía aceptarlo de la mejor forma.

Me propuse a vivir, pero no me refiero a simplemente respirar y hacer cada día como que todo marchaba bien, sino a dar el máximo en cada cosa que hiciera. Me propuse ahorrar para cumplir sueños, a sentir y disfrutar cada emoción, a no lamentarme por cosas diminutas ni por personas que no lo merecieran. Decidí ver cada día como una oportunidad y no como un obstáculo.

No podemos cambiar la realidad de las cosas, pero sí cambiar nuestra perspectiva con respecto a ellas.

Escrito por: Mayeli Tellez