No dejas de doler

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Jamás me contaron sobre los días cortos y las noches demasiado largas, en las que tantos recuerdos provocan insomnio y tantas probabilidades desgastan las ganas. Ganas de llamarte, de decirte que te extraño y que no quiero afrontar la vida sin ti. Ganas de que todo sea un mal sueño, pero no despierto y sigues sin estar aquí.

Quisiera que el tiempo pasara demasiado rápido para olvidar tu voz, o para que al menos nada se mueva dentro de mí al recordarla. Quisiera que el papel de tus cartas se desgastara y la tinta se regara, que se vuelvan polvo y se vayan con el aire, como lo hiciste tú. Pero sigues tan presente, que no dejas de doler.

No sabía sobre el cúmulo de ansiedad anidado en el estómago y tampoco sobre la garganta vacilante cada que alguien me pregunta por ti. ¿Qué les digo, mi amor? Si sólo puedo apartar la mirada y hacer un gesto de decepción. Odio darme cuenta de que incluso quienes nos rodean, no nos imaginan el uno sin el otro.

Pero todos ellos no saben lo insoportable que se había vuelto todo estos últimos meses, o quizá sí; lo rumores vuelan. Probablemente incluso yo podría decir que, aunque me siento desecha por tu ausencia, esto es lo mejor que pudimos hacer… decir adiós, poner punto final.

Y es que no siempre lo correcto es lo que nos hace felices, y una de las partes más difíciles de la vida, es aprender a reconocer cuándo hay que elegir una u otra de esas opciones. Porque vivir en una mentira, a la larga, puede dañar mucho más de lo que pueda cubrir aquella supuesta felicidad.

Desgraciadamente, incluso sabiendo esto último, me he cuestionado muchas veces si de verdad ya hice lo suficiente. Si me faltaron besos o palabras. Si me sobraron versos o miradas. Si vale la pena la excusa de una última charla para cerrar el ciclo y en realidad robarte un beso.

A fin de cuentas “Uno siempre vuelve a los lugares donde amó la vida” y yo la amé de más junto a ti.

Escrito por: Mayeli Téllez